lunes, septiembre 10, 2012

¿QUIÉN LE PONE LA COLA AL CHANCHO?





Mi tía Tata, en los años sesenta, era la locutora y animadora del canal 2 de Venado Tuerto. Era el canal de cable más moderno del país y quizás el único. Entre los programas que tenía a su cargo, “Chiquilandia” era el preferido. Recuerdo que nos reuníamos en casa de un vecino que estuviera abonado para verlo. Pero yo tenía la suerte de verlo casi siempre en vivo y en el estudio porque mi tío Leandro era el dueño y el tío Pepe su jefe técnico. O sea, un verdadero acomodado. En uno de los entretenimientos con que contaba el programa, había uno que consistía en ponerle la cola a un cerdito dibujado en una pizarra. Yo estaba detrás de cámara cuando mi tía se dirige a mí:”Vení Juanchi” me dijo. Fui y – ya en cámara- me vendó los ojos, me dio varias vueltas sobre mi eje y me puso frente al chancho. Yo, muchísimo más inestable que de costumbre, hice un garabato en el pizarrón y cuando me quitaron la venda el animalito apareció ante  mí con la cola en su lugar y sospechosamente enrulada. Por supuesto, gané el concurso y tuve mis cinco minutos de gloria. Mi felicidad no tenía límites en aquel momento. Hoy, ya viejo, me asaltan algunas dudas sobre mis virtudes para el dibujo de colas enruladas…

© Juan José Mestre.

domingo, septiembre 09, 2012

LA CONFUSIÓN




La tarde era muy lluviosa. Muy lluviosa y oscura. Pero yo igualmente fui a la  casa de Lilia Martino para estudiar algo con Leti en ese sábado inclemente. A los pocos minutos  se desató una tormenta de aquellas. Como obvia consecuencia, se cortó la luz y se acabaron los estudios. Por suerte, la planta alta de la casa está conectada a otra fase y allí había luz. Allí nos mudamos, ya para merendar. Lilia nos obsequió con un tentempié tan suculento como sólo ella podía hacer. Comimos hasta el hartazgo y al terminar, Leti me dijo que no valía la pena seguir porque incluso allí se veía muy poco a causa de la baja tensión. Llamamos a mi padre y nos quedamos a  esperar su llegada. Cuando sonó el timbre (el del  antiguo estudio jurídico que, curiosamente, estaba conectado a la fase que tenía electricidad), Lilia se lanzó escaleras abajo. Hay que decir que tenía problemas de visión, pero al mismo tiempo su carácter ansioso y apresurado la llevaba a menudo falsas conclusiones. Y exactamente eso fue lo que pasó: con la puerta abierta a medias dijo: “¡Buenas tardes señora de Mestre!”  Nosotros, que bajábamos despaciosamente las escaleras en la penumbra de esa noche prematura, vimos la silueta de mi viejo que lucía exactamente como ilustra la figura y Leti que decía con vos ronca:” Mamá, no seas tontuela…  ¡¡¡Es el papá del Flaco!!!” Tontuela no fue precisamente la palabra que usó, pero Lilia ni se inmutó y simplemente dijo: “Y bueno che: me equivoqué”. De la mudez de mi viejo nadie dijo nada.

© Juan José Mestre.

DOS RELATOS





EL PICHI


El hecho de ser el loco institucional de la comunidad le daba ciertos privilegios y muchos sinsabores: El Pichi era un chico - aun cuando tuviese 40 y pico de años- al que todos mirábamos con un poco de simpatía, lástima, temor y rechazo, envuelto en el paquete con moño brillante de hipocresía sonriente; todo por no quedar como unos sátrapas a la hora de enfrentar las miradas de nuestro círculo social. Lo cierto es que ese niño-hombre era todo un desafío para esa estructura pacata de ingeniería social de provincias. Y despertaba controversias. Se hacían verdaderas clases magistrales en nuestras charlas de café cuando él aparecía por la esquina. Que era agresivo; que capaz que te escupiera si no le comprabas la estampita; que sólo se defendía de nuestras propias agresiones... todo en voz baja, para que no oyeran los demás parroquianos, que hablaban exactamente de lo mismo. Eso sí: en la oportunidad en que no se hacía ver por las calles, hasta la radio local se hacía eco de su desaparición. Conmigo sucedió algo extraño. O tal vez fuese normal que ocurriera: al ofrecerme una estampita de San Cayetano, le mentí. Sí, así como les digo: 2no tengo plata", argumenté. En ese instante, El Pichi, el tonto del pueblo, me miró y con su más amplia sonrisa, llena de conmiseración y ternura, en su media lengua -exactamente igual a la mía- le asestó el más brutal golpe a mi Ego:"Te la regalo", me dijo, dándome una palmada en el hombro.


© Juan José Mestre


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EL DÍA DEL NAZARENO


La plaza del pueblo, por la noche, gana en tinieblas y ánimas lo que el verde y las gentes han dejado durante las horas del día. No en vano, en las épocas fundacionales, ese predio fue el primer cementerio que los colonos irlandeses y belgas improvisaron, al darse cuenta de la imposibilidad de seguir enterrando muertos detrás de la capilla. Pero El Pichi, acostumbrado a dormir allí, no hacia caso a esas cosas. A fuer de sincero, no creo que siquiera tuviera noción de ello. Estaba cercana el alba, cuando lo despertaron unas voces. Trató de escapar, pero ya estaba rodeado. Los vándalos le propinaban una paliza feroz, con toda la barbarie de la que hacían gala para demostrar que eran "normales". El escarnio, la humillación, la locura, se mezclaban con los sonidos guturales que la sangre y su media lengua le permitían emitir. Las bestias continuaron con su trabajo: sintió que lo penetraban repetidas veces. Volvió a gritar al cielo y no obtuvo respuesta. De lo último que pudo percatarse, fue del lacerante dolor que le provocaba un alambre de acero al que lo aferraban. Oscuridad total.

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La mañana estaba clara y fría. Los primeros rayos de luz desnudaron la negra silueta de una cruz obscena, execrable, macabra. Colgando del mástil del monumento mayor, se recortaba la figura inerte de El Pichi. Parecía que el pueblo, envuelto en la vorágine de un tiempo que siempre se empeña en regresar, estuviera en ese instante llorando su propio Calvario. Sólo que, en ese momento, supo que aquí no había resurrección posible. Porque el tonto del pueblo se recuperó de las heridas físicas. Pero, poco a poco, su presencia en las calles fue tornándose cada vez más infrecuente y hoy, únicamente algunos de los vecinos recordamos si vive aún.

© Juan José Mestre

Nota: este relato es lamentablemente real.



LAS FELICES HORAS




Jorge Prado es, para mí, un gran Amigo. Supo estar en los momentos más importantes de mi vida. En el sepelio de mi padre, cuando fui a llevar su ataúd, me dijo: “Dejá Flaco, yo ocupo tu lugar”. Lo mismo hizo con mi madre. También compartió uno de los momentos más felices de su vida. Llevaban unos dos o tres meses  de casados con Leti, cuando ella sospechó que estaba embarazada. Recuerdo que una tarde me dijo que dejáramos de estudiar inusualmente temprano y que la acompañara hasta el consultorio del bioquímico. Nos despedimos hasta el día siguiente en la entrada del laboratorio y  emprendí el regreso a casa. Al día siguiente me dijo el motivo de su visita y que para el mediodía le daban el resultado. Estudiamos con impaciencia hasta que llegó la hora. Cuando llegó Jorge, intenté llamar a mi padre para que fuera a buscarme, pero Leti me dijo ¿no venís? Y yo, obvio, acepté. Llegamos y ella fue a buscar el resultado. Unos minutos después, subió al auto y susurró “positivo”, un revoltijo de llanto, risas, abrazos y besos entre los tres casi desarma el auto. Sí, estábamos ahítos de dicha y enloquecidos de amor a  la vida. Felices, simplemente. Pienso que hay muchas personas qure comparten  su dolor, pero la felicidad es más individualista. Quienes la comparten, son seres escogidos. Jorge está entre ellos… sin dudas.

© Juan José Mestre.

viernes, septiembre 07, 2012

EL MÁS FINO DE LOS CHOCOLATES



Hace poco le dije: “te disfruto como al más fino de los chocolates”. Y es una verdad absoluta. Cristina Cibelli es una de las personas más consecuentes que conozco. Dueña de un compromiso muy singular, he descubierto que sufre cuando no puede cumplir con su palabra. Es casi la única amiga que me reta o me hace ver las cosas cuando me atacan los “desvaríos” tan propios de mí. Con suavidad las más de las veces, con dureza si es necesario. Siempre alegre, se permite enojarse sin dobleces y hacértelo notar. Honesta  a rajatabla, pero también sensible y vulnerable, es un placer estar con ella. Recuerdo algo que nos sucedió hace años cuando todavía vivía en Rosario: un frío sábado cercano al mediodía, estábamos dentro del auto enfrente a la plaza y charlando animadamente. Era un día gris, desapacible y hablábamos de ángeles. En un momento, le pregunté: “Cristi, ¿ves lo mismo que yo?”  “Está todo blanco”, me respondió. Y sí, era cierto. De pronto, todo el paisaje –incluido el interior del auto- se transformó en una luz muy, muy blanca que cubría absolutamente el entorno. Autosugestión o no, lo cierto es que nos dio escalofríos. Era una maravilla. Como maravilla es el amor cotidiano que me brinda ella. Decir que la adoro sería una redundancia.

© Juan José Mestre.


jueves, septiembre 06, 2012

EL CEMENTERIO






No voy a explicarlo. Simplemente llegué. Paré el motor del auto y me quedé sentado allí. La puerta principal del cementerio estaba enmarcada por una cruz y una leyenda política pintada con aerosol. Sí. No voy a explicarlo, porque todos los que son de acá saben perfectamente cómo se llega al cementerio. Cuando comencé a tomarme el trabajo de escribir esto, dije: no sé cómo fui a parar allí. Debí haber dicho: no sé por qué fui a parar allí.

De cuando en cuando echaba una mirada al cielo, a pesar de la luz a gas de mercurio que la municipalidad había instalado en toda la extensión del frente sin darse por aludida de la inutilidad de aquellas columnas o, por lo menos, con la intención de ganarse la simpatía de los deudos que, en definitiva, constituían toda la población de la ciudad y sus alrededores.

  • Papá, yo no sé por qué no vivís más con nosotros. ¿Es porque me porto mal?

  • No, no. No es porque te portás mal.

La puerta del cementerio dejaba ver sus calles oscuras y desiertas. A esa hora parecían la cosa más absurda hecha por el hombre.

  • Entonces, ¿por qué papá?

Absurda. La cosa más absurda hecha por el hombre.

  • ¿Por qué papá?
  • El amor es como un juguete. Se rompe y entonces…

Sí. Absurdas. Esas calles ahora eran absurdas. No tenían sentido.

  • …se tira.
  • Cuando yo tengo un juguete que me gusta, por más roto que esté no lo tiro.

Y bien, ahora me doy cuenta. El amor no se rompe; se rasga y va adoptando distintas formas. Hasta la transformación total. Y es en ese instante en que uno lo abandona creyendo que se terminó. Las calles del cementerio estaban hechas para que la gente caminara por ellas de día. O las almas –si es que existen y necesitan de las calles-, de noche. Me pareció ser muy semejante a Hamlet.  Sólo que yo no tenía un cráneo en la mano ni me atormentaba con su eterno dilema: “ser o no ser”;  para mí esa frase no significa una disyuntiva, implica dos posibilidades frente a la vida: Ser o NO ser. El amor que yo tenía por mi mujer bien podría haberse transformado en amor hacia mi hijo. “Nada se pierde, todo se transforma”.  Pero en esa metamorfosis hay cosas que toman irremediablemente el camino hacia la nada.

Dicen que la humanidad estará salvada mientras haya amor; que un ser sin amor no puede vivir. Que no se puede ser ateo nunca completamente, pues en un simple adiós se invoca al Señor – a la mayúscula la utilizo por costumbre, no porque signifique algo para mí- y entonces, ¿qué? Yo no amo, no creo en Dios y, sin embargo, vivo. Existo.

La radio emitía solamente música  y, muy de cuando, una noticia y un aviso. Hay horas en las que la máquina de la sociedad de consumo detiene un poco su ritmo, no para reparar los destrozos que causa en los hombres con su publicidad repetida por enésima vez en un día, sino porque son pocos los que se someten a la tortura continua de escuchar o ver un aviso, ya sea en forma de pantalla televisiva, afiche o letrero luminoso. La música era “para todos los gustos” según decía el locutor que hablaba a través de una cinta magnetofónica, pero para que yo pudiese oír algo de “mi” gusto habían de pasar, en interminables seguidillas, tangos, valses de Strauss, samba, cumbia, música progresiva, nocturnos adaptados o no, ritmos africanos, arias de ópera, folklore… y toda esa mezcla  escapaba por la ventanilla y se trepaban por las cruces de las tumbas. A los muertos no les molestaba o por lo menos  no manifestaron lo contrario; y ahí estaba solo con mi radio., de modo que nadie podía reprocharme que perturbaba su descanso.

Las nubes se amontonaban en el norte empujadas por el viento sur y la lluvia ya no era más que una niebla espesa. Siempre me gustó establecer diferencias. Ellos y yo. Ellos son materia. Yo soy materia. Pero viva. Y ellos, muerta. Alguna vez ellos también han tenido vida; yo seré como ellos alguna vez entonces, la diferencia es ahora. A mí me importa el AHORA. El pasado hizo posible. Porque lo conozco. Y el futuro también. Porque lo conozco. A mí me importa el AHORA. Y el AHORA es esto: VIVO, SOY, EXISTO.

Puse en marcha el motor y me alejé rápidamente, zigzagueando por la humedad del pavimento. A medida que aumentaba la velocidad, me repetía constantemente: VIVO. SOY. EXISTO. ESO ME BASTA.   



  
© Juan José Mestre, 1974

LA PILETA




La noche era bochornosa. Treinta grados a la una de la mañana, lloviznaba y el cielo,  (rojo por completo) se venía abajo de tantos truenos y relámpagos. Nosotros (es decir: Carla, la Cristi, la Leti, Jorge, los chicos y yo) jugando en la pileta de la casa de los últimos. Todos en el agua y yo, con las patas en remojo a la orilla de la  misma.  Tomando champán y jugando con el agua. Aún así transpirábamos como si estuviéramos al rayo del sol.  De   vez en cuando alguien gritaba: “¡El flaco (yo)  tiene calor!” y Carla salía disparada del agua, llenaba un tarro de pintura con el líquido elemento de la misma piscina  y me lo arrojaba, literalmente, por la cabeza. Recuperar la respiración y el ritmo cardíaco no era tarea fácil. A duras penas lo lograba, pero un poco más fresco quedaba. Hasta que alguien pronunciaba las palabas mágicas y ¡zas! otros cinco litros arrojados sobre mi cabeza. Así fue transcurriendo la noche, entre copas, risas y baldazos.  A la vuelta,   empapados y en traje de baño, la Cristi me preguntó cómo lo había pasado. “¡Genial!” le dije. Y era verdad.  Porque además de todo, tenía la cabal idea de ser un sobreviviente.

© Juan José Mestre.


miércoles, septiembre 05, 2012

Los paseos por la Villa




Las mañanas en aquella Villa Carlos Paz de principios de septiembre de 1975 eran frescas y luminosas, aunque con algo de bruma al despuntar el alba. Siempre, la noche anterior había sido pesada por esos días de nuestro viaje de egresados. Pero María Elena y yo nos las arreglábamos para estar prestos a eso de las ocho y salir a caminar por el centro. Lo primero que hacíamos era pasar por la capilla –aún cerrada-, en la esquina del hotel  y decir una oración ante sus puertas. Luego de ello, íbamos caminando abrazados, entre bromas risas, hasta el puente para emprender el retorno por la misma calle principal. Nos insumía una hora ese paseíto. Mientras caminábamos, se oía comentar a  un lejano comerciante:”allá vienen los chicos de Venado” por el bullicio que metíamos. Aunque esto también (y con más razón) lo decían del curso completo. Constantemente vuelve a mí este recuerdo: ese rato del día era nuestro como nuestro es ese sentimiento de hermandad que nos une desde siempre.  Aún hoy siento esa ternura con la que me trata. Es la única de mis amigas que, de vez en vez,  me besa en la frente. Ese gesto maternal me llena de devoción hacia ella. Solemos decir que nos adoptamos como hermanos. Es cierto: siendo hijos únicos, decidimos serlo como una secuela de la vida. Ha pasado mucho tiempo desde aquellas mañanas de su livianísima camperita rosa,   pero la pureza de su  alma es la misma, suave y dulce, debajo de ese  torbellino que aparece  de pronto y se lleva puesto todo lo que encuentra. J

© Juan José Mestre.


martes, septiembre 04, 2012

EL ENTE







Siempre quise saber qué provocaba en mí ese sentimiento confuso, opaco, de una negritud muy cercana al dolor de la desesperanza. Tal vez, si hubiera hurgado en los vericuetos de mi mente, la respuesta fuera simple. Pero no soy muy afecto a meterme en terrenos cenagosos, así que me conformo con tolerar el incómodo merodear de mis ojos por la noche. Lo que sí tengo en claro es que esa sensación estuvo siempre presente. Algo ominoso que traigo de vidas anteriores. Una cosa, un ente, un horrible engendro que habita dentro de mí y que está dispuesto a estallar conmigo en el preciso instante en que lo libere. Es un poco complicado de explicar: está ahí, en algún lugar de mi cuerpo, como un feto grotesco aguardando la luna precisa de su parición. Solapado, amortigua sus movimientos con la finalidad de no amedrentarme; tiene pleno control sobre mi consciencia y yo no le pierdo pisada: es un mutuo gobierno el que hemos establecido. Él, en lo profundo; yo, en la superficie. Así logramos la convivencia. El interrogante es: ¿hasta cuándo? Pero es seguro que algún día me vencerá. En el entretanto, la cosa seguirá expectante y yo, viendo pasar mis días con impavidez. Con esa sensación de desesperanza que es lo único que supe gobernar en la vida, simplemente porque me era útil.


© Juan José Mestre

THE PINK PANTHER



 El lunes había comenzado con la pachorra habitual de esos días en el colegio y aún más en nuestro curso. Pero en la penúltima hora de clase algunos se habían recuperado y estaban con todas las luces. Y las clases del profesor de química erra un buen pretexto para tener cuarenta minutos de recreo. Por esos tiempos, ir al cine el domingo era una obligación autoimpuesta. Y yo había faltado a ella no recuerdo por qué motivo. ¡Justo el día en que daban el largometraje con dibujos animados de La Pantera Rosa! Estaba frustrado.  Con mucha bronca. Y no había solución. Ya no estaba más en cartel. Me la había perdido. Pero siempre hay una salida, una solución. Y se presentó en la presencia de Leticia. Debo decir que –a la sazón- era una bella e introvertida niña  de diecisiete años, salvo cuando algo le gustaba. Aún hoy conserva esa virtud de narrar cosas graciosamente. Aquel día me preguntó por el motivo de mi ausencia, dijo “no sabés lo que te perdiste”, e ipso facto se paró de su banco y, de pie, comenzó a contarme –cuadro por cuadro y con pelos y señales-  la película. Y yo me despatarraba, cuan largo era, por toda el aula. El profesor nos llamó varias veces la atención…. Hasta que nos echó. Corrimos a los baños para que Margarita Kenny (la rectora) no nos viera. Cuando sonó el timbre, volvimos al aula justo en el momento en que el profe se retiraba. A Leti no le dijo nada, pero a mí me tomó el brazo y me espetó: “Mestre, ¡qué amiguita tiene usted, eh!”.

© Juan José Mestre.