viernes, abril 01, 2011

DE PIAGET, OLIMPO Y UNIDAD









El día en que me volví abstracto fue el más feliz de mi vida. Nadie que me viera, que sospechara siquiera de mi presencia, que osara imaginarme, que me juzgara por mis ideas o por mis obras, mis vestiduras o el color de mis ojos. Nadie, tampoco, que emitiera dictamen acerca de mi lucidez mental o mi locura, mi alegría o mi tristeza. Es que no era circular, cuadrado, oblongo o informe. Me había convertido en un profundo ensimismamiento que, a la larga, implicaba la más absoluta libertad a la que alguien puede desear. Recuerdo que me decidí por la quietud. Así estoy, desde el momento en que mi memoria dejó de registrar el tiempo. Esto tampoco es poca cosa: ahora, sólo me preocupan los colores de los dos crepúsculos, lo inmenso de la nube portadora de agua fresca y este cielo del  que soy parte.





© Juan José Mestre

jueves, marzo 31, 2011

DAMERO


Lánguidas horas en medio de dos esperas. Café, el diario que siempre dice lo mismo, un alfil jugueteando entre los dedos, miradas huecas  en la suavidad de un vacío, el bar que cobija soles inseguros de un invierno como tantos, la gente  adormilada en un sopor lleno de morriñas, nada por hacer aunque las prisas se acrecienten, muerte matutina del sol, abismo que se abre con el rumor de las voces que nada dicen…


© Juan José Mestre

martes, marzo 29, 2011

DAFNE





Tus senos generosos. Tu pubis de naranja. La calma de tu espalda. El inquietante palpitar de tus muslos en la faz oculta de la luna. Esa serena armonía de tus manos durmiendo sobre mi pecho. La curva de tus bordes sobre el vacilante espejo de una flama. Las sombras pudorosas. Lo terso de tu piel sobre la rosa negra del ensueño. Y el amor. Siempre el amor derramándose junto al rocío pletórico de albahacas.


© Juan José Mestre


DAFNE

lunes, marzo 28, 2011

AZULEJOS


baldosas rotas,
maná agrio:
descalzos los pies y el aliento
buscan el cielo
sin advertir el percal
que lo niega;

tierra de ensueños no hay:
el cosmos embrollado
en la almendrada delicia del anarquismo
no convence a nadie con sus estrellas;

el último de los pájaros
parece haber hallado el rumbo
hacia el único punto vital que se divisa;

en un resquicio de la nada
encuentra un átomo y lo picotea
cuando el mosaico de un sol bizantino
se quiebra en mil fulgures opacos,
discontinuos;

la pesadumbre del armiño
es un avatar inesperado:
no logra comprender
que lo blanco ya no existe…

(solitario, observo que mi sombra
se pierde en el sarro calcáreo del declive)




© Juan José Mestre


Foto: Liliana Muente

sábado, marzo 26, 2011

TEMOR REVERENCIAL






Eran como las cinco de la tarde. De pronto, entre el silencio del sábado y el débil murmullo de la tele amortiguada por la penumbra de la casa y la modorra sabatina, una carcajada irrumpe con la sorpresa de lo inesperado. Y vaya si era inesperado… ¿Roberto Martino, el hombre que inspiraba temor reverencial en todo el foro venadense por su rectitud y bonhomía, era capaz de reírse con tanto desparpajo? Cuando fuimos con Leticia a averiguar el motivo de tan inusual hecho lo hallamos casi descompuesto de la risa, desparramado sobre el sofá frente al televisor. Cuando pudo recomponerse un poco, rebobinó el filme que estaba viendo y nos mostró la escena. Cuatro forajidos, en medio del desierto de Arizona, discutían y se culpaban entre ellos porque una Studebaker toda destartalada se había quedado sin combustible mientras uno orinaba tranquilamente dentro del tanque de nafta.



Comienzo mi semblanza de esta forma porque tal vez sea la parte menos conocida de este hombre ejemplar, de voz un poco ronca, con un alto grado de autoridad que imponía a fuerza de su sola presencia, conducta sin igual y palabra serena.



Debajo de esa apariencia adusta podía adivinarse una ternura y sensibilidad sin iguales. Callado, introspectivo, usaba la palabra solo cuando era necesario. Y cuando la usaba, era para decir lo exacto, justo e inexcusable. De tono afable, no dudaba en ponerse recio si era menester hacerlo.



Guardo de él muchos recuerdos. Pero uno me marcó a fuego. Una noche, andaba yo sin rumbo fijo y se me ocurrió ir a ver si Leti había vuelto de Rosario ya que era viernes. Me recibió con un whisky y pasamos un buen rato charlando. El devenir de la conversación nos llevó a Leticia y, de pronto y no sé cómo, me dijo con lágrimas en los ojos: “Estoy orgulloso de mi hija”. Semejante confesión, inesperada por provenir de él –tan poco afecto a hacerlas- fue el indicativo del inmenso amor que sentía por ella. Es que era un ser con una inmensa capacidad de ternura.



Con un sentido de lo correcto que muy pocos poseen, se jugó por entero durante la dictadura: presentaba hábeas corpus todas las semanas por los desaparecidos de Venado.



Roberto Martino, un hombre que me enseñó muchas cosas con solo observarlo. El hombre que terminó escondido junto con mi padre debajo de la mesa del Comité Radical en aquellas épocas en que siempre las cuestiones políticas se resolvían con un chumbo.









© Juan José Mestre

miércoles, marzo 16, 2011

TODO


La osadía del amor. El recuerdo mustio de unos días. Las temibles horas del pueblo en su camino hacia las sombras. El secreto a voces turbando al tiempo. Las vacías cuencas hermanadas en antimateria hilando mundos de olvidos denodados. La muerte del gorrión entre dos trinos. El lóbrego transcurrir de la ausencia en las ociosas manos. La inercia de las hojas que arrastra el último encuentro hacia el exilio de la lasitud inapelable. El color de tu piel buscando grises. Todo es difuso, niebla entre vaguedades que emigran calcando eufemismos de un barco levando anclas. 

© Juan José Mestre

martes, marzo 15, 2011

FÁBULA


Dos ratones charlaban sobre el queso. 

-Yo prefiero el provolone, porque es el más famoso gracias al Topo Giggio.

-Mmmm... mirá que el roquefort tiene más status ¡los franceses son distinguidos y gourmets de primera!

-No, no, no, ¡no! El roquefort es de lo más berreta... ¡A mí no me vas a decir que ese queso, por más que haya sido el preferido de los reyes franceses, que el fenómeno Roquefort haya arrancado en la era jurásica, hace unos 200 millones de años, con el hundimiento de la montaña Combalou, que esta convulsión de la naturaleza creó un entorno geológico único para lo que más tarde sería el queso Roquefort y que a partir de ahí se forma entonces el actual macizo rocoso con las cuevas naturales que influyen en su curación, nos tenga que gustar obligatoriamente! ¡No es una cuestión de historia, es cuestión de gusto!

-Pero escuchame, pedazo de idiota! No sé nada de historia, pero sí tengo gusto! El provolone...

Así pasaron horas y horas discutiendo sobre las cualidades de uno y otro queso. Agotados y hambrientos, destruidos e humillados recíprocamente, decidieron dar término a la discusión. Fue así que cada cual al emprender el camino de regreso, solitario e irremediable- pensó que a lo mejor el otro tenía un poco de razón. Pero ya era demasiado tarde para volver atrás.

© Juan José Mestre

sábado, marzo 12, 2011

ECLIPSE



 
 
algo huye de la memoria 
un disco de Serrat 
el indescriptible beso 
de los sauces 
la húmeda mirada 
a unas cartas 
el dulce sabor 
de la pesadumbre 



© Juan José Mestre

viernes, marzo 11, 2011

CUENTO BREVE SOBRE NIHILISMO



 
 
Llegó con prisa a su trabajo. Notó que nadie estaba en su puesto. Solía suceder a menudo, así que no se dio por enterada y puso manos a la obra: encendió su pantalla, abrió el Word y algo estalló en su interior. Se metió de lleno en la superficie blanca que se presentaba ante sus ojos porque sabía que allí estaban todas las claves de su existencia. Por esta vez, no le había errado. Vio –con absoluta claridad- el vacío constante que tantas veces le escamoteó al espejo. El ego, su ego, huía por los intrincados vericuetos que los bytes despejaban entre las vías muertas de la red -sin terminales- de su ruina. 



© Juan José Mestre