miércoles, octubre 31, 2012

LOTERIA FAMILIAR




La familia se había reunido. Éramos nosotros y unos cuantos hermanos de mi abuela. Yo tenía un precioso juego de  lotería, regalo de mis padres. Empezaron a jugar al bingo familiar con ese desparpajo tan común en alguien que espera pasar una agradable velada.  En medio del juego, yo pedí “cantar” los números. Me dieron las bolillas. Al poco rato, el tío “Palo” comenzó a protestar por mi demora y mi “tartamudez”. Al principio, nadie le hizo caso. Pero fue tanta la insistencia y su enojo que mi mamá optó por quitarme las dichosas bolillas. Comencé a llorar y mi madre estalló. Me levantó en una forma violenta e irracional. Me llevó a la pileta de la cocina, abrió la canilla con toda su fuerza y metió mi cabeza bajo el  chorro de agua. Nunca sentí tanta desesperación como aquella vez. No recuerdo cómo terminó la reunión, pero sí que mi madre dejó una parte de su ser en ese hecho que nunca pudo perdonarse y que –después- me pedía que no se lo recordara  porque le hacía mal. Es que en esa noche se dejó llevar por un tipo que era la imagen del fracaso. Por alguien que después pagaría tanta arrogancia de la forma más cruel, pero esa es una historia tan vieja como el hombre: no ser capaz de aceptar al otro tal cual es.

©  Juan José Mestre.

martes, octubre 30, 2012

TULES

Esta 


TULES


No recuerdo en qué momento la niebla me fue cubriendo de ausencia y olvido. Seguramente, fue en el instante aquel en que te dije que te amaba, pero no iba a luchar por retenerte. Sabía que era lo mejor para nosotros, que nada tenía para darte: ni siquiera el amor era suficiente, ni siquiera mi dolor me daba derecho a someterte a la mísera existencia de mis días.

Y tú, ¡eras tan joven! Si me parece ver tus ojos en llanto solamente por ver los míos en llamas... Así, nos fuimos perdiendo entre palabras huecas, excusas que nos inventamos para poder ver en el mañana una pizca de azul en el cielo, con tus culpas por no amarme. Con las mías por hacerlo.


Eso fue todo lo que hubo entre nosotros. Un puñado de errores que la inercia de la niebla fue desdibujando hasta convertirlo en grises apagados, en luces que se quedan atrapadas por las sombras. Hoy no soy nada. Sólo el agujero negro de mis cuencas sirve para contener aquella imagen raída por el triste crespón de la lejanía.



© Juan José Mestre.










lunes, octubre 29, 2012

¿CÓMO HICIMOS?


¡CÓMO HICIMOS?

Por esos insondables misterios que tiene la vida, nos conocimos. Y por esos misterios, también, hemos elevado al universo el inescrutable canto de la amistad. Pero no quiero arrogarme méritos. Recuerdo que Tina, en primer año, quien vino a buscar unos apuntes y yo la recibí con una camiseta musculosa pavorosamente horrenda. Aún así, consiguió los apuntes. Y esto no es un dato menor en mi vida, ya que fue ella, también, la primera chica que se acercó a esta casa en los quince años que por entonces tenía en este plano.

Después, siempre estuvo presente, incluso en esos años en que se fue de Venado. En medio, cinco años de secundario fueron suficientes para sentirnos amigos. Y pasó esto que quiero que  explique, palabras más, palabras menos, Mario Benedetti:

"... sé por primera vez
que tendré fuerzas
para construir contigo
una amistad tan piola
que del vecino
territorio del amor
ese desesperado
empezarán a mirarnos con envidia
y acabarán organizando
excursiones
para venir a preguntarnos
cómo hicimos.”


Es que la amistad, esa sublime forma que toma el amor, es maravillosa. Maravillosa porque siempre está, sin egoísmos, con flores o con espinas y aún con desencuentros. Pero está y se percibe en la mirada del otro. Tal como lo percibo yo en la mirada de Tina.


viernes, octubre 26, 2012

Les diré que te recuerdo





“Cuando los ángeles pregunten por ti, les diré que te recuerdo.” Desde mis más lejanos años había escuchado esta frase en los labios de mi abuelo. En árabe adquiría una ternura cautivadora. Apenas dos estrofas de una antigua canción libanesa que seguramente había perdido en su bagaje de inmigrante. Las pronunciaba casi pudorosamente, como un rezo inacabado, lamentación atávica de tanto exilio.
Los años fueron aquietando los recuerdos y en esa duermevela de la mente quedaron refugiados. Un día de mediados de los setenta, en pleno otoño y con la pachorra de la siesta sobre mis hombros, caminaba yo por las calles de Rosario mirando en las librerías aquello que se vendía como oferta.
No sé por qué me detuve en una mesa donde se exhibían libros viejos, justo enfrente de uno que estaba al lado de La Metamorfosis de Kafka. Tenía tapas rosadas y su título hizo un tumulto en mi alma: “Les diré que te recuerdo”, de Wiliam Peter Blatty.
Lo tomé en mis manos temblorosas, pagué los pocos pesos que valía y me senté, conmocionado, en un banco de la peatonal Córdoba a hojear aquel tesoro de tres monedas. Al autor lo conocía por El Exorcista -¿quién no?-, pero en sus páginas me aguardaba la más excepcional biografía de mi abuelo hecho madre de un escritor norteamericano.
De eso trata el libro: una amorosa mujer libanesa que se desangra por el amor a su hijo. Todos los detalles, por nimios que sean, son un calco de la vida y las acciones de ese hombre que fue mi amigo cuando yo no los tenía.
Lo he leído cientos de veces hasta que creí que debía dejarlo descansar junto al sueño del abuelo. Hasta no hace mucho tiempo estuvo casi intacto en la mesa de noche de mi madre. Digno lugar para vivificar recuerdos de esa juventud que aún hoy vuelve de paseo y se queda un rato, juguetona, displicente en su sutil melancolía.

© Juan José Mestre

jueves, octubre 25, 2012

LETICIA



¿sabes que recuerdo tus ojos
conjugando tristezas en gris y azul
cada mañana?

¿sabes cuánta nostalgia despiertan
las auroras llenas de verdor
cuando en el cielo de octubre
juegan con tu nombre?

¿sabes que en el momento en que
veo al colibrí libar en una azalea,
los ecos de las eras me traen
la tibieza de tu abrazo, Amiga?


© Juan José Mestre

miércoles, octubre 24, 2012

UNA TARDE PERFECTA




Llegamos, mi madre y yo, alrededor del mediodía a la casa de Gustavo Tisocco en Buenos Aires. El anfitrión ya estaba horneando chipás con queso y, mientras terminaba con su primera tanda, compartimos unos mates. El almuerzo fue una ingente cantidad de esos panecillos regados con un excelente vino. Los demás invitados fueron  arribando de a poco y, por cada uno de ellos, salía una nueva horneada. Así, fue transcurriendo la tarde entre charlas con la música de la preciosa discoteca de Gus, las serigrafías de  Beatriz Martinelli, Silsh cantando en voz baja los tangos de Goyeneche, la simpatía de Aletse Santiago hablando de los pájaros de Cancún, las ganas de bailar  chamamé de Cris Chaca, los sueños de Karina Sacerdote, la poesía, la amistad, los comentarios de la noche anterior en el Centro Cultural General San Martín… En las estribaciones del ocaso, salimos en estado de gracia, con una sensación de calidez que nos unió para siempre. Fue una tarde perfecta y mucho más: un ensueño dorado en la fría jornada de mayo. Es que mayo tiene –aun con sus destemplanzas- ese encanto  otoñal, poético  como pocos.

© Juan  José Mestre.

lunes, octubre 22, 2012

LOS HILOS DE LA HISTORIA




El 6 de junio de 1944, conocido como el "día D", los aliados iniciaron el desembarco de un ejército de más de 150.000 soldados (73.000 norteamericanos y 83.000 británicos y canadienses) sobre las playas de Normandía.

Fue la batalla más devastadora de la historia. Al amanecer del día siguiente del final de los combates, el Comandante en Jefe de las operaciones, General Dwight David "Ike" Eisenhower caminaba pensativo observando la baja moral de sus tropas. Es que, a pesar del triunfo, aquello era dantesco. Los muertos y heridos se contaban por millares. El cansancio y la impotencia que había asaltado a aquellos hombres, estaba haciendo estragos en esas almas.

Conocedor de su oficio, el General llamó a la banda, formó las tropas y dio la orden de ejecutar aires marciales para elevar la moral.

No hizo falta mucho tiempo para que empezaran a resonar los sones de una marcha escrita muy lejos de allí, y cuyo autor la ejecutara por vez primera en el violín para arrullar el sueño de su pequeña hija en febrero de 1901.

Según cuentan, la escribió casi en su totalidad sentado en un banco de la plaza San Martín de Venado Tuerto.

Cayetano Alberto Silva, que de él se trata, es el creador de la marcha San Lorenzo, en alabanza al Combate del mismo nombre y bautismo de fuego de los Granaderos de San Martín en 1813. Luego, la vida castigó duro y partió hacia Rosario, ejerció su profesión y terminó siendo policía. Al morir por serios problemas de salud  en 1920, esa institución le negó sepultura en el Panteón Policial por ser de raza negra, por lo que fue sepultado sin nombre.
Sin embargo sus restos fueron trasladados en 1997 al Cementerio Municipal de Venado Tuerto a través de gestiones efectuadas por la Asociación Amigos de la Casa Histórica “Cayetano A. Silva”. Esta casa, sede del museo regional, Archivo Histórico, y sede de la Banda Municipal, tiene domicilio en Maipú 966, Venado Tuerto, y es en la que vivió el compositor.
Pero la Marcha no sólo estuvo en Normandía: Es que se hizo con el tiempo famosa en otros países hasta tal punto que fue ejecutada el 22 de junio de 1911 durante la coronación del rey Jorge V con la autorización previa solicitada a nuestro país por el gobierno inglés. Lo mismo ocurrió para la coronación de la reina Isabel, actual soberana inglesa. Además se ejecuta en los cambios de guardia del palacio de Buckinghan, modalidad que fue suspendida en el tiempo que duró la Guerra de las Malvinas. También fue tocada por los alemanes en París cuando durante la Segunda Guerra Mundial marcharon por las calles de esa ciudad. Curiosamente también el general Eisenhower la hizo ejecutar  -otra vez- al ingreso triunfal del ejército aliado que liberara a los franceses.
Es que los hilos de la Historia tejen ese misterioso azar llamado condición humana.

© Juan José Mestre

sábado, octubre 20, 2012

MADRE

HISTORIA SIMPLE


Esta historia es muy simple: en las bodas de platas de nuestra promoción, estábamos tomando un café y Leti me regaló este sobrecito de azúcar. Es un fragmento de un poema de Amado Nervo: Cobardía:



Pasó con su madre. ¡Qué rara belleza!
¡Qué rubios cabellos de trigo garzul!
¡Qué ritmo en el paso! ¡Qué innata realeza
de porte! ¡Qué formas bajo el fino tul...

Pasó con su madre. Volvió la cabeza:
¡me clavó muy hondo su mirada azul!

Quedé como en éxtasis... Con febril premura,
«¡Síguela!», gritaron cuerpo y alma al par.

...Pero tuve miedo de amar con locura,
de abrir mis heridas, que suelen sangrar,
¡y no obstante toda mi sed de ternura,
cerrando los ojos, la dejé pasar!


viernes, octubre 19, 2012

ÁNGELES Y DEMONIOS



Esto no va a ser fácil. Quiero escribir sobre mí en primera persona. Hasta ahora lo he hecho a través de mis poemas y prosas. Mis escritos. Hoy quiero develar   quién soy, sin metáforas ni eufemismos. La aceptación y el perdonarme han sudo los ejes de mi vida. Recuerdo un quiebre en mi vida (hubo muchos) pero a estos los alojé en un lugar inasible de mi memoria) que me terminó de moldear  tal cual soy, fue en la boda de Leti y Jorge. Cuando terminó la fiesta pasaron el video de lo que había sido la noche. Ahí estaba yo, con mis movimientos y mi voz distorsionada. Quedé en shock. Era mi imagen sin filtros de ninguna especie. Hasta ese momento, me había hecho una que pudiera soportar. Pero no era yo. Era un avatar similar a lo que era, pero no yo. Tuve que aceptarla, no tenía remedio. Luego vino la impresionante tarea del perdón. Me costó muchísimo, pero lo voy logrando día a día. Minuto a  minuto. He pasado las mil y una para llegar a ser lo que soy: un tipo con muchas limitaciones, pero también muchas potencialidades. Un tipo que debe muchas materias, pero va aprobando – despacio- otras tan importantes como las primeras. No estoy enojado con lo que soy,  pero tampoco feliz.  No es fácil ser diferente, aunque todos lo somos. Parafraseando a Orwell, hay algunos más diferentes que otros. A estas alturas,  estoy más libre que nunca en mi vida. Tengo a mis amigos y me voy reencontrando con la familia. Claro que tengo mis demonios todavía. Uno de los temas aún no resueltos es el de mantenerme célibe. Tal vez fuera por propia decisión, quizá por mi discapacidad; no lo sé. Sea como fuere, sigo practicando la aceptación y el perdón. Sin ellos, no estaría escribiendo mi historia tal como ahora. Historia que sigue abierta, inacabada, tan inacabada como yo. Ese es otro misterio que ni la muerte puede cerrar. Todos terminamos inacabados.

© Juan José Mestre.