martes, julio 27, 2010

TREMEDAL







Nunca había sentido esa sensación de ahogo. Tampoco nunca creyó que se podía estar tan solo. Había pasado por todas (o al menos eso creía) las situaciones en la vida, pero jamás experimentó aquella opresión en el pecho. Era tan real que intentó extirparla de un golpe, un simple y certero golpe que lo librara de ella. Pero no pudo. Por más que hiciera, seguía ahí, impasiblemente inalterable. Lloró hasta que sus lágrimas se hicieron llagas y el dolor, insoportable. De pronto, un sueño pesado, negro, vacío, se apoderó de él. Inánime, estuvo un largo tiempo inmerso en el más profundo de los letargos. Cuando despertó, ya no era él. Salvo el último retazo de vida que se fundía en la más oscura de las ciénagas.



© Juan José Mestre

1 comentario:

RECOMENZAR dijo...

Profundo tu texto tiene la luz que tus palabras le dan mientras desde las ciénagas surge el poder de tus silemciod
Gracias por seguirme